La conjura de los necios
El inepto patrullero de la policía de Nueva
Orleans, Angelo Mancuso, comete el
error de intentar arrestar a un sujeto estrafalario que le resulta
sospechoso. Su nombre, Ignatius J. Reilly,
un treintañero desastrado y antisocial que presume de erudito. Un
inmenso gandul que vive con su madre y pasa el tiempo durmiendo,
comiendo, masturbándose y escribiendo diatribas contra la sociedad en
que, para su disgusto, le ha tocado vivir. Apenas sale de casa si no es
para ir al cine o pasear con su madre.
Cada vez es menos frecuente encontrar una novela divertida e inteligente y que a la vez tenga interés literario, un relato que no pierda interés por el transcurso de los años. Esta circunstancia, entre otras cuestiones, ha convertido a La conjura de los necios (escrita en 1962) en un clásico de la literatura contemporánea, a su protagonista, el inefable Ignatius J. Reilly, en un icono de cultura norteamericana, y al autor, John Kennedy Toole, en todo un referente a pesar de lo exiguo de su obra.
Narrada en tercera persona, se centra por completo en su protagonista, uno de los personajes más estrambóticos jamás creados y precursor de lo que con el tiempo se denominaría nerdismo. Reilly, el licenciado en estudios medievales que considera que la humanidad entró en declive en el Renacimiento y se arrastra ahora (entonces) por el fétido fango que representan la cultura pop, el plástico y el cine comercial. Es el antihéroe total, carece de virtud alguna y exhibe todos los defectos conocidos: es vago, sucio, gorrón, mentiroso, ególatra, pedante, reaccionario, intolerante, misántropo... Un tipo repugnante que, sin embargo, no produce aversión.
—Lamento desilusionarle, caballero, pero me temo que no es el salario adecuado. Un magnate del petróleo está pasándome por la cara miles de dólares con el propósito de tentarme para que acepte ser su secretario personal. De momento, estoy intentando decidir si puedo o no aceptar la visión materialista del mundo de ese sujeto. Sospecho que al final acabaré diciéndole que sí.
—Incluiremos veinte centavos al día para transporte —suplicó el señor González.
—Bueno, eso cambia las cosas —concedió Ignatius—. Aceptaré el trabajo provisionalmente.
El título se inspira en una frase de Jonathan
Swift ("Cuando en el mundo aparece un verdadero genio
puede reconocérsele por éste signo: todos los necios se conjuran contra
él.") que resultaría premonitoria, porque Toole no vivió para
ver publicada esta novela, rechazada por las editoriales al considerarla
bien irreverente, bien falta de trama. Toole se suicidó en 1969 a la
edad de 32 años, y fueron su peculiar madre y el también escritor Walker
Percy los que consiguieron que finalmente saliera a la venta...
en 1980. El éxito fue tan arrollador que el año siguiente se le concedió
el Pulitzer de ficción a título póstumo. Tiempo después apareció
publicada La biblia de neón, una
curiosa novela que escribió en su adolescencia.
Cuando un autor muere de forma prematura o trágica no es fácil determinar si su reputación se debe más a ese hecho que a la calidad real de su obra. En el caso de Toole (1937-1969), basta con leer esta novela para saberlo.
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Un joven anónimo rememora los días en
que vagaba por las calles de la ciudad de Cristianía
(Oslo) luchando por conseguir trabajo,
pagar la renta del cuchitril en donde vive y procurarse comida, mientras
soñaba con convertirse en un escritor reconocido. Solitario, vestido con
un traje desgastado por el uso, con su salud deteriorada por el hambre y
el frío y sin posibilidades reales de mejorar económicamente, trata no
obstante de conectar con el mundo que lo rodea y conservar (a menudo
cómicamente) su dignidad e integridad.
Hamsun (1859-1951) acabó condenado por traición y denostado por su apoyo
al totalitarismo. Al totalitarismo derrotado, se entiende, pues fueron
legión los escritores que se sintieron fascinados y respaldaron el
comunismo soviético del no más recomendable Iosif
Stalin, sin que sus prestigios sufrieran merma alguna. Con todo,
el impacto que causaron novelas como Hambre, Pan,
Victoria y Los frutos
de la tierra fue tal, que Vyacheslav Molotov
(que no era precisamente un moderado) prohibió que Hamsun fuese
sentenciado a muerte.
Cada vez que me acerco a una librería
siempre sé de antemano qué libros voy a comprar. Sin embargo, hace años
adquirí el hábito de meter en el lote un libro cualquiera que, por la
razón que fuese, me llamara la atención. Bien por su sinópsis, por el
tema tratado, por un párrafo leído al azar o por motivos más pedestres
como su título. Esa costumbre ha producido basura como para llenar un
contenedor, pero también me ha permitido encontrar joyas como El
conocimiento inútil. Imposible resistirse a un libro que
comenzaba así: "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es
la mentira".
Con este imponente y reflexivo trabajo —por lo demás aplastantemente
actual a pesar de que fue escrito hace ya dos décadas—, Revel consiguió
un éxito de ventas inusual para un ensayo y se convirtió en un referente
de la verdadera intelectualidad; alguien capaz de apreciar por sí mismo
lo que para los demás es evidente sólo cuando les abren los ojos. Poco
amigo de la mamandurria y el compadreo, puso al descubierto de forma
despiadada las miserias de buena parte de los hasta entonces intocables
del periodismo y la cultura.
Tras la muerte de su amiga Beatriz
Viterbo,
Más allá de los cultismos y laberintos que caracterizan sus obras y de
las interpretaciones a las que se pueda prestar el El
Aleph y otros cuentos que también forman parte del libro, como El
inmortal, Emma Zunz o El
Zahir, Borges fue sobre todo un gran creador de mundos
fantásticos, en los que entrelaza mitos de distintas épocas y culturas,
y un narrador genial. Ambos aspectos suelen quedar difuminados detrás de
tanto análisis y tanta conjetura sobre el significado de sus relatos.
Pottsville, 1.280 habitantes. El
sheriff del condado es Nick Corey, un bufón
inofensivo y amable cuyo mandato ha estado marcado por su incompetencia
y zanganería. Pero todo tiene un final, y su indolente y apacible vida
como jefe de policía y único representante de la Justicia en ese
poblacho del Sur parece estar cercana a concluir: las elecciones son
inminentes y esta vez su rival es un tipo con claras opciones de ganar.
Corey no quiere perder el puesto pero ¿qué hacer para salir reelegido?
Quizá la personalidad del sheriff es más compleja de lo que parecía.
Thompson (1906-1977) comenzó su carrera componiendo relatos para
revistas pulp fiction (publicaciones baratas de quiosco que se
imprimían en papel basto de pulpa de celulosa) y la acabó como un
escritor maldito cuyas novelas estaban fuera de circulación. Como él
mismo predijo, sus méritos se reconocieron una vez llevaba varios
lustros criando malvas. Además de la reseñada, es el autor, entre otras,
de El asesino dentro de mí, La
huída y Los timadores (todas
llevadas al cine), y el guionista de dos películas de Stanley
Kubrick: Atraco perfecto y Senderos
de gloria.
Una fortaleza fronteriza aislada
entre las montañas y asomada por el septentrión a un desierto por el
que, se dice desde hace años, atacará el "Estado del Norte". Una amenaza
tan inconcreta como los son el lugar y el tiempo en que se desarrolla la
trama; una amenaza tan improbable y tan largamente esperada que sólo los
ocupantes de la remota fortaleza creen ya en ella. Aferrados a la
expectativa de alcanzar la gloria en una batalla que no se produce, como
otros muchos antes que ellos pasan sus días entre el aburrimiento y la
soledad de la rutina cuartelaria. A ese lugar llega el teniente Giovanni
Drogo en su primer destino, que él supone será breve.
Buzzatti (1906-1972) escribió esta novela en 1939 y se publicó un año
después. Para entonces tenía editadas ya otras dos (Bárnabo
de las montañas y El secreto del
Bosque Viejo) que habían sido recibidas por la crítica de forma
dispar (favorablemente la primera; con cierta indiferencia la segunda),
pero el éxito inmediato que consiguió entre los lectores con El
desierto de los tártaros lo situó en la cúspide y le dió
fama internacional. Desde esa fecha escribió numerosos relatos, luego
recopilados en Los siete mensajeros y Miedo
en la Scala, y dos novelas bastante singulares, El
gran retrato y Un amor.