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Libia

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Trípoli, noviembre de 2008.
«Coged las rosas mientras podáis; veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta». El poema de Herrick sirve para todo, como el bálsamo de Fierabrás. Hay lugares que conviene visitar tan pronto abren sus puertas, porque quizá vuelvan a cerrarlas y no haya otra oportunidad. Cuando en 2004 se levantaron las sanciones y Gadafi —ese arribista al que la cirugía ha transmutado en Carmen de Mairena— relajó los requisitos de entrada y tránsito, la perspectiva de viajar en grupo organizado nos disuadió de recorrer Libia. Andando el tiempo pensé que habíamos cometido un grave error, pero ahora, por fin, podemos movernos de forma individual y trazar una ruta propia. Eso sí, canalizada a través de una agencia local y con un guía que no nos quita ojo de encima.

¿Existe algún lugar que ilumine tanto como el Sáhara la evocación del espíritu de viaje y aventura? Los océanos, sin duda, pero ninguno más. Cuentan los beduinos que el Sáhara es el único país libre, el único donde el hombre todavía puede moverse en libertad. Y ocurre que observas las caras arrugadas de los caravaneros —que podrían encuadernarse en pergamino— atravesando la soledad de los Acacus con sus camellos y sus bultos, y lo asumes como un hecho incontestable. Espejismos de otras épocas. El desierto no miente, dice Monod, acaso el último de los exploradores saharianos. Arenales desnudos que a su vez te desnudan: todo se ve y nada queda oculto, no tienes dónde esconderte. «Es un educador severo que no deja pasar debilidad alguna». Impresiona y acobarda a un tiempo. Es el anverso y el reverso: horas de malestar y horas de bienestar, cielos descoloridos y cielos de mil colores.

De Gadamés a Sabha y de Sabha a Ghat se extiende una cadena de dunas y piedras requemadas, idénticas a nuestros ojos, pero que los beduinos te demuestran distintas a medida que avanzas. El desierto es una analogía de la vida: la secuencia monótona de los días que parecen iguales, pero que tampoco lo son. Todo pasa por saber mirar y entender lo que ves, y nosotros aquí vemos lo mismo que un ciego y entendemos menos que un tarugo. Recuerdo que un personaje de Tuareg, la novela de Vázquez-Figueroa, decía que en el desierto los forasteros somos agua derramada; nos traga la arena. Y tanto: embebidos en los colores del atardecer, cerca hemos estado de perdernos en un breve paseo sin lazarillo beduino. La fogata del campamento nos ha salvado de la humillación. Si por la noche subes a una duna y distingues voces destempladas y brillos que no proceden del fuego o del cielo, ten por seguro que aún no has penetrado en el desierto.

En una de mis incursiones en el mundo de las lecturas desordenadas, que tanto mal me han hecho, di con un libro que arremetía contra Arístipo de Cirene, fundador del hedonismo. Lo calificaba de inmoral entregado a la crápula y a la depravación. Su autor era obispo poco partidario de libertinos y escribía como enfadado: pluma en una mano y bastón en la otra, para advertir de que su opinión contaba con argumentos sólidos. El hedonismo nació en Cirene, una de las colonias que los griegos fundaron en el Mediterráneo libio: Cirene, Berenice (hoy Bengasi), Apollonia... En el nordeste costero son tan incondicionales de Gadafi como ese obispo lo era de Arístipo, y a la hora de describir su personalidad se toman las mismas confianzas: de hideputa hacia arriba. Gadafi ejerce predominio sobre el litoral opuesto, mientras que en el Sáhara los politiqueos interesan menos que la liga de béisbol de Eritrea, que, si existe, a nadie importa un carajo.

Esas colonias griegas y las ciudades cartaginesas de la costa occidental (Leptis Magna, Sabratha y Oea, hoy Trípoli) fueron después romanas, y sus migajas se desperdigan por las colinas del Mediterráneo como vestigios de antiguas glorias rebajadas a desecho. Civilizaciones en la flor de la muerte. Aseguran los sabios que nada hay eterno en la tierra, que en la vida todo tiene su final. Llevan milenios asegurándolo, desde Arístipo a Manrique y desde Herrick a Hesse, sin caer tal vez en que ese detalle prueba justo lo contrario: que sí hay cosas eternas en la tierra. Si te sientas a contemplar estas ruinas y piensas, no en su aspecto material, sino en la gente que caminó por sus calles en la sucesión de los siglos, no tardas en comprender que sus inquietudes, sueños y desengaños eran iguales a los nuestros. Y lo serán también de quienes puedan venir en el futuro. Los bienes y males de la existencia son los mismos desde el origen.

Libia ha cumplido con creces nuestras expectativas: nos ha dado lo que prometía. Memorable el trayecto por las profundidades del Sáhara, que revela el saber y la infatigable laboriosidad de su mente creadora (¡presente!), hombre de gran verdad y elevados sentimientos, a quien nunca podremos agradecer bastante el favor que nos dispensa. Corto es el elogio, corto es el elogio. El mismo varón sobresaliente que hace unas semanas extremaba su audacia vagando en busca de un recuerdo que le aclarase la calle en donde había aparcado el coche. Presente…