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Uzbekistán

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Tashkent, noviembre de 2025.
Cualquiera que se halle bendecido con un espíritu no ya aventurero, sino alejado de la rigidez cadavérica del post mortem, lo siente agitarse en cuanto suenan ciertas palabras. El espíritu despierta y se estremece ante el conjuro del lenguaje. Yucatán. Tamanrasset. Cabo de Hornos. Java. O la Ruta de la Seda, envuelta en mitos, leyendas y no pocas distorsiones. No hace falta viajar hasta Uzbekistán para que la imaginación recorra las ciudades caravaneras de aquella ruta, pero sí para enfrentarse a ellas. Una experiencia nunca exenta de riesgo, pues con frecuencia la cruda realidad desluce la imagen que la mente había construido. Afirmaban los romanos que la fortuna favorece a los valientes. Sea o no cierto, cabe recordar que en la imaginación no gobierna el tiempo: nada se deteriora, nada envejece.


Ninguna obsesión es más antigua que la de reducir la complejidad del mundo a unas cuantas categorías comprensibles. Probablemente se remonte a la época de Adán y Eva. Simplificamos la realidad porque, de otro modo, el caos nos desbordaría. Eso sí, corremos el peligro de distorsionarla. La Ruta de la Seda nunca existió en los mapas de la antigüedad. Ni un solo mercader que comerciara en estas latitudes pronunció jamás tal nombre. Ni uno. Tampoco Marco Polo, asociado por el imaginario colectivo a la legendaria vía de Asia Central como si la hubiese trazado con sus propias manos. Los datos nos desvelan una realidad fascinante: el término fue acuñado en el siglo XIX. Pero no por uno de esos fantaseadores del Romanticismo, sino por un geógrafo. El nombre quizá más romántico de la historia de los viajes nació del rigor prusiano de un científico que necesitaba catalogar y simplificar los mapas.


Nada indica que Von Richthofen pretendiera algo más que aglutinar bajo un mismo nombre las corrientes comerciales terrestres que, siglos atrás, conectaron China con el Mediterráneo. Y todo por puro pragmatismo: justificar la construcción de un corredor ferroviario entre Berlín y Pekín. Si la sinfonía folletinesca que desató aquel nombre no le causó asombro, fue porque para entonces llevaba tres décadas muerto. Von Richthofen sabía que la seda era una de tantas mercancías que engrosaban los fardos camelleros. Sabía que las rutas terrestres convivían con rutas marítimas de largo alcance. Sabía que la Ruta de la Seda no designaba una vía única, sino una infinita maraña de caminos. Y sabía que ningún caravanero completaba el trayecto: funcionaban por relevos y los bienes cambiaban de manos mil veces antes de llegar a su destino. Los artículos cruzaban continentes; los hombres no.


La ficción suplanta lo real. No es un vicio exclusivo de nuestra época de ignorancia: la partitura de esa sinfonía comenzó a escribirse en la década de 1930 y aún hoy sigue añadiendo compases. Los relatos novelados de los cazadores de tesoros crearon un mito que fue absorbido por historiadores que nunca pisaron Asia Central. El almíbar de la fraternidad entre civilizaciones y demás flores tiernas es un postizo reciente. Y así, la Ruta de la Seda se convirtió en un cordón de arena que había unido Oriente y Occidente desde inmemorial. Heroicos caravaneros cargan sus camellos en China, se despiden con pesar de sus familias y pasan tres años cruzando desiertos y cordilleras para llevar seda, conocimiento y amor fraterno a los mercados mediterráneos. De pronto, Samarcanda, Bujará y Jiva dejaron de ser ciudades para transformarse en iconos del orientalismo romantizado. Sobre todo Samarcanda, símbolo absoluto de la ruta.


Elevar a Samarcanda supuso colocar a Tamerlán a la altura de Kublai Kan. Viene a ser como equiparar a un pirata informático con un ingeniero de sistemas, pero nada es insostenible en los mitos. ¿Cuál fue la aportación de Tamerlán a las rutas comerciales? Arrasar las ciudades del norte —Sarai, Tana, Astracán— para desviar las caravanas hacia el sur y forzarlas a pasar por sus aduanas. Jiva corrió la misma suerte, y Bujará aprendió por experiencia ajena que someterse era preferible. Tamerlán, el garante de la Ruta de la Seda. También a él le causaría estupor: ni el sosiego del sepulcro le conceden. En realidad fue el garante de Samarcanda. Bajo su gobierno la ciudad alcanzó cotas de riqueza, monumentalidad y cultura sin precedentes. Cuando el embajador castellano González de Clavijo —otro ilustre desconocido— llega en 1404, no encuentra un humilde caravasar sino la mayor metrópolis de Asia Central.


La imaginación tiende a concebir escenarios superiores a los que realmente pueden existir. Es su naturaleza. Sin embargo, no protesta al pasear por el casco antiguo de estas ciudades caravaneras. Aunque muy reconstruidas, Samarcanda, Bujará y Jiva se prestan fácilmente a la idealización de su pasado. Las ruinas podrán ser testigos insobornables de la realidad, pero el deseo de exotismo prefiere siempre la fantasía. También es su naturaleza. Decía Pessoa que el mito es la nada que lo es todo. No lo creo. Nunca hay mito sin una verdad que retorcer.